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El deseo nunca es caprichoso

Escuchaste la palabra caprichoso probablemente más veces de las que te gustaría. Si te pasó como a mí, entonces caprichosa llegó de la boca de tus padres o de algún adulto en tu infancia o adolescencia, haciéndote pensar que si deseabas algo, eso era caprichoso.


Bueno, la palabra capricho procede del italiano capriccio, siendo una “determinación que se toma arbitrariamente, inspirada por un antojo, por humor o por deleite en lo extravagante y original”.


Entonces, un capricho es un antojo; puede o no responder a un deseo. Pero generalmente, cuando deseamos, el deseo tiene propósito: no es arbitrario, no es un humor, no es un capricho.


Durante mucho tiempo sentí que tenía que validar mi deseo, que quizás mi deseo tenía que ser en parte productivo o tener un sentido exterior. Es decir, esperar que otros pudieran comprender y dar por válido ese deseo para que tenga sentido de ser, de existir.


Al deseo se lo confunde, se lo trata de caprichoso, inútil, improductivo, de ir contra la lógica. Pero ¿la lógica de quién?


El deseo tiene razón, aunque esa razón no sea la que nos enseñaron, no sea la que es lógica, no sea la que sigue las normas que nos rodean. Pero son esos deseos los mismos que nos hacen avanzar.


Un montón de veces tuve un deseo: uno que no tenía sentido lógico, uno que no se comprendía, uno que, si hubiera esperado que otro lo validara, se hubiese quedado en la nada.


Si no hubiera seguido mi deseo, jamás hubiera viajado sola a Japón, no hubiese emprendido nada ni hablado de astrocartografía. Tampoco me hubiera dedicado mucho tiempo a escribir ni a terminar una novela. Sin el deseo no sería lo que soy.


Porque, aunque nos digan otra cosa, es el deseo el motor de la vida.


El deseo pide elección, y cuando esa elección es tomada en el centro de quienes somos, sin necesitar que otro valide nuestra experiencia, nuestro sentir y nuestro camino, ese deseo se materializa, quizás de formas que jamás hubiésemos pensado.


Porque lo deseado tiene propósito.


En sesiones he visto muchas personas que vienen a validar un deseo, que vienen en busca de encontrarle sentido a eso que desean, a eso que los enciende por dentro, que les prende fuego las entrañas y que intentan mantener a raya hasta que ya no pueden, porque el fueguito se volvió un incendio incontrolable.


Como también he visto quienes relegan su deseo, lo apagan tanto hasta que ni las cenizas vuelven a encender, y se retraen, se frustran y se entristecen.


Sin deseo no hay vida; sin vida, nos volvemos autómatas.


El deseo tiene siempre razón de ser, y si tengo que pensarlo desde una perspectiva astrológica, que coincida tu deseo con el código de tu carta natal tiene sentido en lo que vas a desarrollar a través de eso: lo mejor que podés para la sociedad, para tu entorno, para lo que realmente te mueve.


No todos deseamos las mismas cosas, aunque a veces nos perdamos un rato navegando deseos ajenos, aunque a veces nos perdamos en las palabras que nos marcaban un camino que supuestamente debía ser deseable.


El deseo puede parecer caprichoso, pero el deseo es el motor de la vida. Si vos no seguís tu deseo, ese que te da vida, nadie va a seguirlo por vos, y nadie va a poder darle vida a eso.



 
 
 

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